lunes, 4 de octubre de 2010

Brasil: En segunda vuelta se define presidencia

Dilma Rousseff obtuvo este domingo una relativa mayoría, pero no consiguió el apoyo suficiente para evitar la segunda vuelta del próximo 31 de octubre contra el opositor José Serra. Con casi el 100% escrutado, la ex guerrillera y ex ministra de 62 años queda lejos de la barrera de la mitad más uno de los votos exigidos para vencer en primera vuelta. En las primeras elecciones sin Lula en más de dos décadas, la candidata del Partido de los Trabajadores (PT) Dilma acumula más de 47 millones de votos (46,8%) frente a los 33 millones (32,6%) de su adversario del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). La todavía favorita para heredar el legado de Lula compareció ante la prensa cuando ya no tenía opciones de superar el 50%. Y aunque intentó quitar hierro a la relativa decepción, su rostro no mostraba ni un signo de felicidad. Para el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, que puso todo su prestigio político para impulsar la candidatura de Rousseff, se trata de una victoria amarga si se considera que el mandatario saliente no logró transferir el abrumador 80% de aceptación de que disfruta a la candidata de su partido. Sin embargo, el frustrante triunfo de la que ha coordinado la política social de Lula no se traduce en ningún éxito para Serra. Por el contrario, el ex gobernador de Sao Paulo ha sufrido en este proceso comicial una derrota catastrófica si se considera que, en el arranque de las campañas, disponía en los sondeos de 25% de superioridad con respecto a Rousseff, y en los meses siguientes ese margen desapareció y se convirtió en una desventaja que, según las cifras parciales de ayer, oscila entre 12% y 15%. El otro dato importante arrojado por los resultados preliminares es la consolidación de Marina Silva, candidata del Partido Verde, quien obtenía el 30% de los sufragios y quien jugará un papel de suma importancia en las negociaciones políticas con miras a la segunda vuelta, a realizarse el 30 de octubre.
Independientemente de lo que ocurra ese día y de que Dilma Rousseff logre convertirse en la sucesora de Lula, es pertinente examinar las razones de la aparente paradoja: que el mandatario más popular y exitoso en la historia de la mayor nación latinoamericana no haya logrado convencer a la mayoría absoluta de los brasileños de la pertinencia de la continuidad. Un factor importante en este sentido es el creciente descrédito de la clase política, incluido el Partido del Trabajo (PT) del propio Lula, organización que se ha visto sacudida por diversos escándalos.
El gobierno encabezado por Lula ha transformado para bien a Brasil, el cual ha conseguido disminuir significativamente la pobreza y el desempleo, ha incrementado notablemente la cobertura y la calidad de la educación, ha cancelado su deuda externa pública, ha logrado elevar el poder adquisitivo de la mayoría de la población en más de 50% (en ese mismo lapso, el indicador correspondiente en México ha sufrido una reducción superior a 40 por ciento) y ha convertido a Brasil como líder regional indiscutible y la primera potencia ecológica, así como en un importante eje de la diplomacia mundial. Acusado de neoliberal y de claudicante desde las izquierdas radicales, despreciado por las clases altas al principio de su gestión por su origen obrero, tolerado a regañadientes por el gobierno del ex presidente norteamericano George W. Bush y convertido en aliado de Barack Obama, Lula ha sido, con todo, un estadista ejemplar y visionario, y su desempeño obliga a reflexionar sobre la relevancia personal de los gobernantes en los procesos de desarrollo un país. Quien lo suceda en el cargo tendrá una enorme herencia que cuidar y, al mismo tiempo, un precedente difícil de superar.

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