domingo, 24 de enero de 2010

Tráfico y explotación de niños

Luego del nefasto terremoto en Haití, la Unicef ha detectado casos de tráfico de niños, muchos de ellos son huérfanos o abandonados. Las mafias se aprovechan de esta emergencia global. Jean Claude Legrand, asesor de protección de menores de la Unicef, denunció sin confirmar el robo de 15 niños de los caóticos hospitales de Puerto Príncipe. Lo cual fue desmentido por algunas autoridades. Pero la ONU reconoció: “Esto puede ser más que un rumor. El Unicef está muy preocupado por la forma en que estos días han estado saliendo niños del país, a pesar de que los procesos de adopción no habían concluido. Estamos investigando”. El jueves pasado, 33 niños recién adoptados llegaron a París y fueron exhibidos en una ceremonia con la primera dama, Carla Bruni. Muchos más han salido con dispensas en el papeleo formal de la adopción hacia Canadá, Estados Unidos y España, entre otros países. En muchos lados se forman listas de espera para llevar pequeños que habrían quedado desamparados a familias extranjeras. México es uno de ellos. Pero la Unión Europea tiene una norma específica que prohíbe la adopción acelerada de niños en países golpeados por algún desastre. Y el propio gobierno haitiano, que tiene leyes muy estrictas para la adopción de niños por los puestos de emigración de los aeropuertos y la frontera con República Dominicana, ordenó la suspensión de los procesos de entrega, hasta que la vida institucional del país se medio normalice. El Unicef, a su vez, emitió una alerta. En medio del caos en las fronteras y el aeropuerto, donde la gente entra y sale sin pasaporte, se corre el riesgo de que orfanatorios, casas-cuna y hospitales se conviertan en una especie de tiendas de muñequitos para parejas con deseos de adoptar niños. Hay un antecedente. El 2007, en Chad fue capturada una red de tráfico de niños, que bajo la cobertura de una falsa organización no gubernamental humanitaria, Arca de Noé, no daba en adopciones legales sólo a niños huérfanos, sino a pequeños robados, que sus padres, afectados por la guerra, habían dejado en albergues.
El gobierno haitiano estableció en años recientes controles muy estrictos para dar en adopción a niños huérfanos o desamparados. Desde luego, es un sistema imperfecto que aprovechan las redes internacionales de tráfico humano. Dada la enorme miseria, aquí abundan los orfelinatos y casas-cuna, donde padres en pobreza extrema vienen a dejar a los pequeños con la esperanza de que encuentren un futuro mejor con otras familias. Sin embargo, hay voces que defienden la vía de los procesos de adopción acelerados para poner a cientos de pequeños en un horizonte de esperanza. “La adopción es una forma de salvar vidas”, asegura Gladys Maximine. Ella dirige una casa-cuna: la Casa de los Ángeles. Y asegura que “tiene muy buen prestigio” en los circuitos que conducen a los potenciales adoptadores a Haití.
Según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se estima que a nivel mundial hay alrededor de 218 millones los menores de edad que se encuentran desarrollando una actividad laboral, en un rango que abarca desde los cinco a diecisiete años y que se expande a áreas como la agricultura, servicio doméstico, minería, construcción y manufacturas entre otras. El grueso del trabajo infantil se concentra principalmente en Asia y África, sin embargo, Latinoamérica y el Caribe se ubican en el tercer lugar de ocupación de menores con cerca de 5.7 millones de niños, muchos de los cuales se ven obligados a generar recursos a corta edad para subsistir o bien abastecer a sus familias de más ingresos, dada las condiciones de extrema pobreza o falta de oportunidades en las que viven. La nula distribución del ingreso y el aprovechamiento por parte de las mafias y/o grupos terroristas (FARC en Colombia y Sendero en Perú), fomentan despiadadamente el creciente tráfico de menores que existe alrededor del mundo (según Naciones Unidas, el tráfico de seres humanos constituye la segunda actividad ilegal que más dinero genera después del tráfico de drogas). Por su parte, las condiciones laborales a las que están sometidos los menores son infrahumanas y generan efectos devastadores para estos, ya que demandan largas jornadas de trabajo generalmente acompañadas de esfuerzo físico, psicológico y exposición a enfermedades o accidentes irreparables los cuales muchas veces llegan a causar la muerte. Un niño puede llegar a producir casi lo mismo o más que un adulto, sin embargo, ganando un tercio menos de lo que este percibe por concepto de remuneración. La explotación de mano de obra barata por parte de inescrupulosos empresarios y el aprovechamiento de estos de las situaciones de carencia y extrema pobreza en que se encuentran los niños, terminan siendo un incentivo poderoso a la hora de aumentar este problema. Aquí nos encontramos frente a un conjunto deficiencias estructurales importantes a nivel de sociedad y de Estados. La falta de oportunidades, la falta de educación, la ausencia de mecanismos de coacción contra las redes que promueven el tráfico y explotación infantil (no sólo laboral sino también sexual) y la pobreza como principal motor abastecedor de todo esto conforman un círculo sumamente complejo y difícil de destruir. El derecho a una infancia normal y a la educación que suenan muy bien en el papel queda aquí confinado en pos de situaciones de esclavitud a las que un niño jamás debería estar sometido.

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